Ciencias

¿Dónde está tu alma? Lo que la ciencia encuentra cuando realmente intenta buscarla

Se dice que es invisible, inmortal, separable del cuerpo e incluso que pesa 21 gramos. La anatomía, la neurociencia, las experiencias cercanas a la muerte y la filosofía permiten poner a prueba lo que estas afirmaciones significan en realidad.

Una cama médica colocada sobre una báscula de precisión junto a instrumental de neurociencia moderna, evocando el intento de medir físicamente el alma.

En 1907, un médico estadounidense concibió una idea que hoy parece casi disparatada, pero que atesora una lógica implacable.

Si el ser humano alberga verdaderamente un alma, si dicha alma reside en su cuerpo mientras vive y lo abandona al fallecer, quizá algo deba alterarse en el instante preciso de la partida.

Duncan MacDougall mandó construir una cama montada sobre una báscula de pesaje y acomodó en ella a pacientes en fase terminal. Su propósito consistía en pesar a los seres humanos antes, durante y después del óbito.

Uno de sus enfermos pareció perder súbitamente cerca de tres cuartos de onza.

Aproximadamente 21 gramos.

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Más de un siglo después, este guarismo perdura en la cultura popular como «el peso del alma». Sin embargo, el ensayo no probó prácticamente nada. Y su fracaso desvela algo mucho más fascinante que la propia cifra: en cuanto se pretende abordar el alma como un objeto real, un interrogante aparentemente espiritual transmuta en una serie de dilemas científicos de rigurosa precisión.

¿Dónde debería encontrarse?

¿De qué sustancia estaría hecha?

¿Posee masa?

¿Interactúa con las neuronas?

¿Alberga nuestros recuerdos?

¿Es el asiento de nuestra personalidad?

¿Puede desertar de un cerebro aún intacto? ¿Sobrevivir a su destrucción? ¿Extirparse? ¿Transferirse? ¿Comerciarse?

Y por encima de todo: ¿a qué denominamos con exactitud «alma»?

Porque antes de rastrear algo, es imperativo dilucidar qué se está buscando.

El dilema inicial: nadie persigue exactamente la misma alma

El término aparenta designar una entidad unívoca. Nada más lejos de la realidad.

Según la época, las religiones, los pensadores e incluso la locución en que lo empleamos, «alma» puede denotar al menos seis realidades diversas.

Cuando hablamos del «alma»…Podemos estar aludiendo en verdad a…
«Entregó el alma»lo que distingue a un organismo vivo de un cadáver
«Es un alma noble»el temple ético o las virtudes morales
«En lo más hondo de mi alma»la vida interior y el afecto emocional
«Mi alma es mi verdadero yo»la identidad personal inmanente
«Su alma abandonó el cuerpo»una entidad separable capaz de pervivir a la muerte
«Los humanos poseen alma»un principio espiritual o metafísico trascendente

Estas proposiciones no son intercambiables.

Cabe constatar que la personalidad depende del cerebro sin por ello zanjar el dilema metafísico de una hipotética supervivencia post mortem. Cabe explicar biológicamente por qué un organismo palpita sin resolver el enigma de la conciencia. Cabe asimismo evidenciar que jamás se ha descubierto anatómica o físicamente un alma sin demostrar con ello que una entidad definida como inmaterial sea imposible.

Gran parte de la pugna sobre «la existencia del alma» embarulla estas vertientes.

El paso preliminar exige deslindarlas.

Antes de concebirse como un espectro interior, el alma era un soplo

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La génesis de la palabra aporta ya parte de la explicación.

La voz procede del latín anima, que aludía originariamente al aliento, el aire y el hálito vital. La lexicografía histórica constata esta mutación que desemboca en la dicotomía cartesiana entre cuerpo y mente pensante.

La intuición resultaba inmediata en una época huérfana de electrocardiogramas, soporte vital y neurociencias.

Un ser humano vivo respira.

Un ser humano muerto no exhala aire.

Su cuerpo yace frente a nosotros, casi inmutable instantes tras el deceso. Sin embargo, la persona que conversaba, anhelaba, reía y nos reconocía se ha desvanecido.

Algo se ha «ido».

En la Grecia antigua, psychê experimenta una metamorfosis pareja. En la cosmovisión homérica, el alma encarna ante todo aquello susceptible de perderse con la muerte y que abandona entonces el envoltorio carnal. Siglos más tarde, el término abarcará los afectos, la deliberación, las virtudes y el deslinde genérico entre lo orgánico y lo inerte.

El alma deviene así un formidable cajón de sastre conceptual donde convergen la vida, el entendimiento, el carácter, la vigilia consciente y la mismidad del individuo.

Mas esto encierra una celada.

Que la ciencia esclarezca paulatinamente determinados fenómenos otrora cobijados en esa caja no significa que haya desentrañado todos los restantes.

Aristóteles concebía el alma sin apelar a un fantasma en la máquina

Nuestra noción corriente del alma se halla fuertemente condicionada por la imagen de una entidad personal que mora en el cuerpo. Ni siquiera es la única aproximación de raigambre clásica.

Para Aristóteles, el alma constituye sustancialmente la organización formal de un cuerpo vivo que le confiere las potencias privativas de su naturaleza: nutrición, percepción sensorial, motricidad y entendimiento.

Preguntar «¿dónde mora el alma aristotélica?» equivaldría a plantear:

¿dónde se ubica el hecho de que un organismo se halle organizado como ser viviente?

No se trata de un apéndice diminuto agazapado tras una víscera.

En el andamiaje aristotélico, el alma es la «forma» del cuerpo vivo: un complejo funcional articulado antes que un segundo cuerpo alojado dentro del primero.

Esta delimitación resulta capital para nuestra indagación.

Si por «alma» entendemos meramente la organización operativa de un ser viviente, entonces asiste una realidad palpable correlativa: los seres vivos atesoran arquitecturas dinámicas que cesan al morir.

Pero esa dista de ser el alma inmortal concebida para escindirse del cuerpo y viajar a otra dimensión.

Para postular esa última, se precisa una hipótesis de vuelo más osado.

Descartes rastrea la juntura donde el cuerpo se funde con la mente

René Descartes preconiza en el siglo XVII una doctrina tajante: la mente y la materia pertenecen a órdenes sustancialmente irreductibles.

El cuerpo posee extensión espacial.

La mente piensa.

Y Descartes ambiciona explicar cómo ambos interactúan armónicamente.

Otorga entonces un papel descollante a una minúscula formación ubicada en el centro del encéfalo: la glándula pineal. En su sistema, deviene la sede principal del alma y el canal de enlace entre el espíritu y el organismo.

La tesis no resistió el empuje de la fisiología moderna.

La glándula pineal existe: es un órgano neuroendocrino humano de unos 100 a 150 mg. Pero su cometido contrastado estriba en segregar melatonina en sintonía con los ritmos de luz y penumbra y acompasar la regulación circadiana. Ningún proceso conocido actúa allí como interfaz entre una entidad inmaterial y el tejido neuronal.

No obstante, Descartes había avistado un abismo conceptual mucho más hondo que su patinazo anatómico.

Sigue intacto.

¿Cómo puede algo inmaterial mover la materia física?

Supongamos que tu alma determina alzar tu brazo ahora mismo.

Esa resolución debe activar las redes motoras del córtex cerebral, transmitirse por la médula espinal, los nervios periféricos y los haces musculares.

En algún eslabón, lo inmaterial debe desencadenar un desenlace físico.

Y ahí es donde el dualismo se torna vulnerable al examen empírico.

Porque si el alma altera el curso de las neuronas, despliega efectos mensurables en la materia.

Deja de ser inalcanzable para el método científico.

Si el alma posee masa, tendríamos que ser capaces de pesarla

Ese fue con exactitud el postulado de Duncan MacDougall.

En 1907, divulgó Hypothesis Concerning Soul Substance Together with Experimental Evidence of the Existence of Such Substance. Instaló a seis enfermos agonizantes sobre una plataforma de pesaje intentando registrar un declive repentino de masa en el instante del deceso.

La leyenda posterior embelleció en grado sumo la tosquedad del ensayo real.

Las seis pesadas no depararon seis disminuciones nítidas de 21 gramos.

Un caso aislado registró la referida merma de unos tres cuartos de onza. Los restantes tropezaron con incidencias o reflejaron fluctuaciones dispares; algunas tomas fueron descartadas por el propio MacDougall. La cohorte era exigua, la apreciación clínica de la muerte rudimentaria, los registros inconexos y ningún protocolo riguroso posterior ha certificado una pérdida sistemática de 21 gramos.

MacDougall ensayó asimismo con canes y no constató bajada semejante. Lo interpretó como coherente con su premisa de que los animales carecen de alma patente muestra de sesgo: una doctrina que asimila tanto el resultado positivo como el negativo a modo de convalidación se vuelve invulnerable a la refutación.

El experimento de los 21 gramos no prueba que el alma atesore masa.

Sin embargo, formuló una interrogante científica legítima.

Si se asevera que al morir una sustancia corpórea abandona el organismo y porta masa gravitatoria, se trata de una predicción físicamente contrastable.

Hoy podríamos articular un protocolo inmensamente más sofisticado: centenares de individuos, balanzas de alta sensibilidad, monitorización ambiental de temperatura, humedad, gases exhalados, fluidos y convección de aire, baremos médicos rigurosos del cese vital, registro previo y análisis ciego.

Si una pérdida inexplicable y reproducible emergiese regularmente en esa frontera fisiológica, merecería una pesquisa descomunal.

No disponemos en la actualidad de ningún indicio semejante.

Por lo demás, un alma genuinamente inmaterial no tendría por qué arrojar masa alguna.

De ahí que inquirir «¿cuánto pesa el alma?» entremezcle dos postulados antitéticos: una materia dotada de inercia capaz de desequilibrar una balanza y un principio supuestamente ajeno al dominio físico.

Quizá el alma no pese nada. Quizá albergue simplemente tu «yo»

Es verosímilmente la vertiente más extendida hoy en día.

Prescindamos de la masa.

Supongamos que el alma custodia:

  • tus recuerdos;
  • tu personalidad;
  • tus preferencias;
  • tus emociones;
  • tu vivencia de ser tú;
  • tu conciencia.

Bajo este supuesto, la deducción es distinta.

Si tales atribuciones reposan en una entidad autónoma desligada del cerebro, intervenir sobre el encéfalo no debería ser capaz de desarticularlas tan drásticamente.

Y sin embargo, eso es justamente lo que acaece.

Una revisión sistemática y metaanálisis divulgada en agosto de 2026 examinó 101 estudios sobre mutaciones de la personalidad tras traumatismos craneoencefálicos. Irritabilidad, labilidad emocional, desinhibición, retraimiento social, impulsividad o agresividad despuntan o recrudecen tras una lesión cerebral, consolidándose a largo plazo. Los autores señalan, no obstante, una amplia disparidad metodológica para vincular un cambio con un área cortical concreta.

Para la neurociencia el fenómeno carece de misterio: vulnerar el andamiaje físico del que pende la conducta transforma la conducta misma.

Pero ante una doctrina que predica que tu auténtico ser perdura indemne en otro plano, se hace perentoria una justificación adicional.

Y los traumatismos representan únicamente el caso más descarnado.

Incluso el sentido del «yo» puede manipularse químicamente

Un estudio publicado en Nature en agosto de 2026 suministra un testimonio turbador.

Sesenta y dos sujetos fueron monitorizados mediante resonancia magnética funcional y electroencefalografía antes y durante la administración de psilocibina. Los científicos advirtieron una reorganización de la dinámica cortical asociada a la intensidad de vivencias en las que los confines entre el «yo» y el entorno parecían diluirse.

A mayor reorganización de las redes, más acusada era la disolución de las fronteras del yo reportada por los voluntarios.

Esto no dictamina que «el yo no exista».

Evidencia algo mucho más acotado: la formidable certidumbre interior de ser un sujeto escindido del mundo exterior resulta modulable actuando sobre la química y los circuitos cerebrales.

La advertencia cobra relevancia porque la intuición personal constituye con frecuencia el argumento predilecto del dualismo:

No me experimento como un cerebro. Me percibo como alguien que gobierna un cerebro y un cuerpo.

Empero, una intuición alumbrada por el propio sistema bajo estudio no constituye de suyo una descripción fidedigna de su arquitectura.

¿Por qué abrigamos la impresión de morar en nuestro cuerpo?

Existe una copiosa literatura experimental en torno a esta intuición dualista.

Los ensayos en psicología evidencian que el ser humano tiende de modo espontáneo a concebir los atributos mentales como menos materiales que las propiedades físicas. Un estudio publicado en 2026 en el Journal of Experimental Social Psychology refrenda que aquellos fenómenos rebosantes de vivencia subjetiva enamorarse, v. gr. se imputan más espontáneamente al «alma» o la «mente» que procesos calificados de mecánicos. La deliberación reflexiva inclina los juicios hacia el cerebro.

Con todo, el ser humano no es monolíticamente dualista por defecto.

Una investigación transcultural sobre seis comunidades puso a prueba si el dualismo conforma un universal cognitivo congénito, deduciendo que los datos empíricos casaban mal con dicha hipótesis rígida: las apreciaciones variaban sensiblemente y coincidían frecuentemente con la extinción de los estados mentales al fallecer el cuerpo.

Confluyen verosímilmente múltiples factores: la imposibilidad de atisbar los pensamientos ajenos, la asimetría cognitiva entre agentes animados y objetos inertes, la propia subjetividad, la cultura y el aprendizaje.

Mas una vivencia sobresale.

Jamás contemplamos un pensamiento del modo en que miramos una mano.

Esa divergencia cognitiva alienta con fuerza la creencia de que ambos habitan planos de realidad inconciliables.

El escollo más severo para el alma: el cerebro modula casi todo lo que se le imputaba

En el decurso histórico, el alma asumió cometidos sumamente dispares.

¿La vida? La biología moderna describe el metabolismo, la reproducción, la regulación celular y la homeostasis sin precisar de la variable «alma».

¿La memoria? La neurociencia cognitiva ensambla su adquisición, consolidación y evocación en redes sinápticas.

¿El temperamento? Las lesiones encefálicas pueden transformarlo.

¿La identidad del yo? Manipulaciones farmacológicas y daños neurológicos pueden alterarla.

¿La vigilia consciente? Fluctúa con el sueño, los traumatismos, los cuadros epilépticos, las sustancias psicoactivas y la anestesia general. El estudio neurocientífico de los anestésicos ha devenido un resorte privilegiado para descifrar cómo alteraciones moleculares apagan o desfiguran la experiencia consciente.

Media por tanto una abrumadora acumulación empírica de nexos de dependencia entre vida psíquica y tejido cerebral.

Sin embargo, aquí conviene precaverse de un desliz conceptual recurrente.

Depender funcionalmente del cerebro no equivale formalmente a ser única y exclusivamente el cerebro.

El mejor contraargumento dualista exige consideración rigurosa

Un defensor ilustrado del alma podría aducir:

Destruir una radio extingue la música que reverbera en la estancia. Ello no demuestra empero que la música brotase del aparato: procedía de un emisor distante.

Bajo esta analogía, el cerebro ejercería de interfaz, antena o filtro atenuador del espíritu antes que de generador ontológico.

Una lesión cortical falsearía la manifestación externa del alma del mismo modo que un altavoz rasgado distorsiona una señal impoluta.

Este razonamiento puntualiza una advertencia insoslayable: las correlaciones mente-cerebro, por estrechas que resulten, no conforman por sí solas una deducción apodíctica de que nada más exista.

Ahora bien, la alegoría de la radio encierra una debilidad crucial.

Tenemos certeza de que el emisor de radio existe al margen del receptor porque podemos auscultarlo, sondear sus ondas hertzianas, alterar el foco emisor, sintonizarlo en otros receptores y articular predicciones comprobables.

En la analogía del alma-receptor, falta clamorosamente el equivalente de ese emisor ajeno.

Si cualquier evidencia neurocientífica concebible puede esquivarse a posteriori aseverando que «el alma conservaba el propósito pero el cerebro filtró la señal», el modelo deja de alumbrar predicciones discernibles respecto a un universo carente de alma.

Se refugia en la posibilidad metafísica, deviniendo científicamente inocua.

La distinción es concluyente.

Un alma que actúa sobre el cerebro es científica. Un alma inerte resulta incontrastable

El dilema se sintetiza nítidamente.

Consideremos dos modalidades de alma.

Alma A

Condiciona a las neuronas, toma determinaciones, atesora vivencias y desocupa el cuerpo al fallecer.

Semejante entidad desencadenaría repercusiones detectables.

La ciencia puede abocarse a pesquisarla.

Alma B

Carece de masa, de energía detectable y de coordenadas, no influye en ninguna sinapsis ni origina variación sensible en acontecimiento físico alguno.

Tal entidad resulta fácticamente indistinguible de su propia inexistencia.

Esto no entraña su refutación.

Marca una frontera epistemológica.

La ciencia opera confrontando observaciones entre hipótesis rivales. Si dos escenarios uno con Alma B y otro huérfano de ella arrojan exactamente idénticas consecuencias fácticas, ningún experimento puede decantar la balanza.

De ahí que pregonar que «la ciencia ha demostrado la inexistencia del alma» peque de temeridad.

Pero dictaminar que «ninguna entidad psíquica independiente del organismo ha podido ser contrastada de modo reproducible» es una afirmación empíricamente sólida.

Pese a todo, la neurociencia sigue sin desentrañar enteramente la conciencia

Y es en este punto donde la cuestión adquiere una densidad mucho mayor que el lema de que «la ciencia sustituyó el alma por el cerebro».

Poseemos copiosa información sobre los mecanismos neuronales ligados a la percepción consciente.

Carecemos aún de una formulación teórica consensuada que aclare cabalmente por qué y cómo determinados procesos electroquímicos se acompañan de experiencia subjetiva en primera persona.

¿Por qué el procesamiento de longitudes de onda lumínicas no transcurre a oscuras, engendrando en su lugar la vivencia íntima del color grana?

¿Por qué el estímulo nociceptivo duele?

¿Por qué hay algo que se siente al ser tú en este preciso instante?

Múltiples marcos teóricos pugnan por dilucidarlo.

En 2025, una colaboración científica adversarial divulgada en Nature contrastó directamente dos modelos punteros: la Teoría de la Información Integrada (IIT) y la Teoría del Espacio de Trabajo Neuronal Global (GNWT).

El protocolo cobraba especial pulcritud porque las predicciones fueron depositadas previamente por los adalides de sendas corrientes y evaluadas mediante resonancia magnética funcional, magnetoencefalografía y electroencefalografía intracraneal sobre 256 participantes.

El saldo: ciertos pronósticos hallaron respaldo, pero postulados nucleares de ambas doctrinas sufrieron serios reveses empíricos.

Nos topamos ante una coyuntura intelectualmente exigente pero diáfana:

el papel indispensable del cerebro en la experiencia consciente es incontestable; la teoría exhaustiva de la conciencia no está cerrada.

Y ese deslinde lo altera todo.

Afirmar que «no sabemos aún esclarecer plenamente la conciencia» no autoriza a concluir que «un alma inmaterial la explica».

Supondría canjear una incógnita por otra.

Pero pretender que los enigmas ontológicos de la mente han quedado zanjados por las neurociencias pecaría de idéntico desenfoque.

Surge entonces la encrucijada que la vivencia ordinaria casi nunca encara: ¿qué ocurre al morir?

Si existiese un alma autónoma, el trance de la muerte constituiría el escenario idóneo para detectarla.

Mas el propio término muerte ampara fases biológicas dispares.

La parada cardiaca extingue la circulación espontánea. Priva con celeridad de oxígeno al tejido cerebral, si bien las maniobras de reanimación pueden preservar perfusión parcial y facilitar el restablecimiento funcional.

La muerte por criterios neurológicos muerte encefálica precisa un daño irreversible: el cese permanente y catastrófico de las funciones hemisféricas y del tronco cerebral, con coma y apnea constatados bajo protocolos clínicos rigurosos.

Esta distinción resulta determinante para sopesar las experiencias cercanas a la muerte (ECM).

Las experiencias cercanas a la muerte son reales en tanto que vivencias. Su interpretación sigue abierta

Pacientes recuperados tras una parada cardiorrespiratoria refieren ocasionalmente narrativas estructuradas: serenidad inefable, luminiscencias, sensación de desprendimiento corporal, panoramas ignotos, encuentros con difuntos o éxtasis trascendente.

Sería insensato despacharlas como burdas invenciones.

Una revisión sistemática de 2024 sobre estudios prospectivos en paradas cardiacas constató estas vivencias en horquillas oscilantes entre el 6,3 % a 39,3 %, en función de las metodologías y cuestionarios. Denotaba a la par severas trabas de disparidad clasificatoria, sesgos de memoria y selección muestral.

El ensayo AWARE-II sobresale porque intentó trascender los relatos retrospectivos.

Articulado en 25 hospitales, conjugó registros electroencefalográficos, oximetría cerebral y estímulos audiovisuales ocultos durante las maniobras de resucitación.

De 567 paradas cardiacas intrahospitalarias, 53 enfermos sobrevivieron; 28 pudieron ser entrevistados. Once evocaron recuerdos o percepciones sugerentes de vigilia consciente y seis una vivencia de trascendencia ante la muerte.

Dato elocuente: se captaron patrones de EEG compatibles con reactivación cerebral organizada durante la RCP, a veces tras decenas de minutos de reanimación continuada.

Es el cariz de datos que exige un análisis riguroso.

Pero no acredita que la conciencia se desprendiera del cerebro.

AWARE-II no halló un alma levitando bajo el techo

El diseño incorporó de hecho dianas para contrastar posibles percepciones extracorpóreas.

Se emplazaron imágenes visibles exclusivamente desde ángulos cenitales elevados, emitiendo a la par estímulos sonoros.

Ningún participante identificó la imagen visual oculta. Uno de los 28 entrevistados reconoció el estímulo auditivo.

El número de supervivientes en condiciones de ser interrogados resultó insuficiente para forjar un dictamen categórico.

Máxime cuando un corazón en paro asistido por compresiones no equivale a una masa cerebral definitivamente destruida. El cerebro puede albergar actividad transitoria durante la RCP, como AWARE-II atestigua.

Por añadidura, el recuerdo diferido carece de cronómetro subjetivo: se ignora en qué segundo exacto de la anoxia, las maniobras o el despertar se consolidó la memoria.

Una ECM representa un dato de enorme interés sobre la conciencia en los linderos de la muerte, mas no un registro comprobado de una mente operando desgajada del soporte biológico.

El matiz es capital.

¿Y si alguien experimentase algo cuando su cerebro fuese comprobadamente incapaz de producirlo?

En tal supuesto toparíamos con un hallazgo de digestión mucho más ardua para la neurociencia contemporánea.

Imaginemos un protocolo que acreditase fehacientemente:

  1. la ausencia constatada de los mecanismos neurofisiológicos precisos para engendrar la vivencia;
  2. la captación de información fidedigna durante dicho lapso;
  3. una información inaccesible mediante las vías sensoriales ordinarias;
  4. la verificación independiente de tales datos;
  5. la replicación sistemática del suceso en diversas cohortes y centros.

Ello no blindaría de inmediato la hipótesis del «alma» competirían explicaciones diversas, pero supondría una colosal anomalía empírica para nuestros modelos científicos.

No nos hallamos en ese punto hoy.

Ahí estriba la divisoria entre una anomalía científica extraordinaria y una leyenda reconfortante.

«No hemos desentrañado la conciencia» no equivale a una prueba del alma

Es el sofisma predilecto a ambas orillas de la polémica.

El postulado espiritualista endeble razona:

La ciencia no sabe explicar completamente la conciencia, por lo tanto la conciencia procede del alma.

La inferencia es falaz.

Que un modelo físico arrastre lagunas no convalida de rondón una solución mágica ajena.

Pero el alegato materialista reduccionista peca de análogo defecto:

Encontramos correlatos cerebrales de cada estado mental escrutado, por consiguiente hemos demostrado metafísicamente que solo existen entidades físicas.

La conclusión se extralimita respecto a las evidencias.

El fisicalismo la postura de que cuanto existe es físico o depende intrínsecamente de lo físico conforma una premisa filosófica, por más que armonice con la práctica de las ciencias naturales.

El dualismo sustancial es de igual modo una tesis ontológica.

Las neurociencias imponen restricciones empíricas de gran calibre a estos modelos.

No transmutan automáticamente a ninguno de ellos en un dogma incuestionable.

Las religiones tampoco predican idéntica noción de «alma»

Otra simplificación consiste en plantear si «las religiones afirman que tenemos alma».

La pregunta peca de imprecisión.

En el catolicismo, por ejemplo, el Catecismo define al ser humano como unidad corpórea y espiritual. El alma encarna el «principio espiritual», creada de forma directa por Dios, inmortal, que se desgaja del cuerpo al morir para reunificarse con él en la resurrección.

Representa una afirmación dogmática coherente dentro de su teología, no una conclusión emanada de la neuroimagen.

En contraste, la filosofía clásica de la India alumbró horizontes dispares.

Diversas escuelas debatieron la noción de ātman como un yo trascendente o conciencia primordial. Pero las corrientes budistas consagraron la doctrina de anātman, el «no-yo»: no existe entidad inmutable ni átomo espiritual eterno agazapado tras el fluir incesante de agregados psicofísicos.

El dato es aleccionador.

La convicción de un homúnculo indestructible alojado en cada pecho no constituye un axioma universal que aguarde la ratificación de un tomógrafo.

El pensamiento humano lleva milenios debatiendo qué conforma un «yo».

¿Se puede perder el alma?

Científicamente hablando, no existe procedimiento que constate que un individuo atesoraba alma y que ha dejado de poseerla.

En el habla común, «perder el alma» alude a una quiebra psicológica o moral:

extraviar la identidad, conculcar los valores éticos, sucumbir a la insensibilidad o dejarse deshumanizar por una maquinaria burocrática.

Patologías clínicas reales reproducen facetas de esa impresión: cuadros de despersonalización, traumatismos craneales, demencias frontotemporales o desórdenes psiquiátricos severos.

Mas bautizarlas como «pérdida del alma» es una figura retórica, no un diagnóstico nosológico.

Ningún facultativo puede prescribir una analítica de alma en sangre.

¿Se puede extirpar el alma del cuerpo?

Idéntica conclusión.

Ningún cirujano ha tropezado jamás con un órgano que, al ser extirpado, deje tras de sí a un ser humano operativo pero privado de alma.

Se puede resecar parénquima cerebral.

Se pueden seccionar fascículos nerviosos.

Se pueden trastocar químicamente las vivencias.

Se puede trasplantar un corazón, un riñón o una extremidad sin desdibujar la identidad del paciente.

Pero ninguna intervención ha aislado una sustancia cuya extracción satisfaga la ecuación:

cuerpo humano funcional – alma = ser humano desalmado.

El dilema roza el vértigo ontológico.

Si sustituyésemos gradualmente cada átomo de tu organismo preservando recuerdos y autoconciencia, ¿en qué fase se desvanecería el alma?

Si se duplicase con precisión atómica tu encéfalo, ¿a cuál de las dos copias asistiría tu alma?

¿A ambas?

¿A una sola?

¿Bajo qué criterio?

Estos experimentos mentales fascinan a la filosofía porque patentizan que la noción de «yo auténtico» resulta mucho más esquiva de lo que sugiere el sentido común.

¿Se puede vender el alma?

Uno puede enajenar un inmueble porque media:

un bien identificable, un titular acreditado, un marco jurídico traslativo y una verificación de la posesión sobrevenida.

Ninguno de estos requisitos concurre en el alma.

«Vender el alma» se circunscribe al universo literario, mítico y moral: sacrificar la dignidad o los principios en pos de una prebenda efímera.

Ni siquiera una rúbrica contractual que rece «vendo mi alma» provee un resorte para constatar que una entidad metafísica haya mudado de dueño.

El obstáculo trasciende lo jurídico:

somos incapaces de identificar la entidad que el contrato pretende transferir.

La paradoja: cuanto más se delimita el alma, más comprobable resulta

Es verosímilmente la moraleja más fecunda de esta pesquisa.

Proclamar vagamente:

«El alma es algo invisible.»

invalida cualquier examen empírico.

Pero atribuyámosle propiedades concretas.

«El alma posee masa»

Entonces una balanza debe registrar su oscilación.

«El alma custodia mis recuerdos»

Entonces urge justificar por qué una alteración en los circuitos hipocámpicos suprime o enajena el acceso a tales memorias.

«El alma dicta mis actos»

Entonces debe dilucidarse cómo altera físicamente el potencial de acción de las neuronas motoras.

«El alma abandona el cuerpo al fallecer»

Es imperativo fijar el acontecimiento biológico exacto en que se consuma:

¿Parada cardiaca?

¿Pérdida de la conciencia?

¿Silencio bioeléctrico en el EEG?

¿Muerte encefálica?

¿Lisis celular?

Tales sucesos pueden distar sensiblemente en el tiempo.

«El alma pervive con mi personalidad»

Urge desentrañar cómo perdura esa estructura si los rasgos del carácter se modelan y reconfiguran íntimamente en la arquitectura cerebral.

Cada concreción transmuta un postulado abstracto en hipótesis susceptibles de contraste.

Y hasta el momento, ninguna de estas indagaciones ha aislado una entidad autónoma denominada alma.

He aquí lo que hemos descubierto en su lugar

Conforme avanzó la exploración del cuerpo humano, las facultades antaño aglutinadas bajo la rúbrica del «alma» se disgregaron.

El aliento vital se fragmentó en procesos celulares y metabólicos.

La respiración devino fisiología pulmonar.

La memoria pasó a la neurociencia cognitiva.

El afecto y la emoción involucraron circuitos límbicos, secreciones endocrinas y el eje neurovegetativo.

La personalidad reveló la impronta de la genética, el desarrollo y la microestructura cortical.

El sentido del yo se reveló susceptible de modulación psicofarmacológica.

La experiencia consciente destapó correlatos neuronales específicos, aun cuando su explicación global prosiga abierta.

Se trata de un viraje conceptual asombroso:

La ciencia no dio con el órgano del alma. Desmenuzó progresivamente en problemas abordables un concepto que en el pasado servía para aunarlos.

Esta resolución resulta más sólida y sugerente que limitarse a proclamar que «el alma no existe».

Pero subsiste un rescoldo que no logramos disolver con tanta facilidad

Habiendo cartografiado neuronas, neurotransmisores, reflejos, memoria y conducta, una perplejidad íntima sigue resistiéndose.

¿Por qué existe una experiencia sentida?

Un sensor óptico procesa radiación lumínica.

Un algoritmo clasifica facciones.

Un termostato conmuta ante una variación térmica.

Pero tú, cuando contemplas el rojo, experimentas una cualidad sentida intransferible.

Cuando te quemas, el dolor no es un mero cómputo para retraer el miembro: duele.

Y cuando meditas sobre tu propio cerebro, lo haces desde una atalaya subjetiva en primera persona vedada a cualquier observador externo.

Ahí es donde el concepto de alma retiene su trinchera postrera.

Ya no en el hálito.

Ya no en el corazón.

Ya no en la glándula pineal.

Sino en la sima explicativa que media entre la descripción en tercera persona del cerebro y la experiencia de ser ese cerebro en primera persona.

Ignoramos aún cómo salvar esa distancia.

Pero denominar a ese abismo «alma» dista de constituir su explicación.

Entonces, ¿tienes alma?

La respuesta depende de la incógnita agazapada tras la pregunta.

¿Posees un órgano o estructura anatómica llamada alma?
No se ha identificado ninguno.

¿Abandona tu cuerpo una masa de 21 gramos al morir?
Ninguna prueba contrastada lo avala; la cifra proviene de un ensayo de 1907 plagado de deficiencias metodológicas.

¿Dependen tu carácter y tus recuerdos del cerebro?
Las evidencias ratifican de forma abrumadora que dependen íntimamente de su funcionamiento.

¿Está la conciencia plenamente explicada por la ciencia contemporánea?
No. Los modelos neurocientíficos siguen debatiéndose intensamente y axiomas clave de las teorías dominantes han encajado tropiezos empíricos recientes.

¿Acreditan las experiencias cercanas a la muerte una mente desligada del cuerpo?
En el estado actual del conocimiento, no. Constituyen vivencias humanas profundas, pero no suministran prueba verificada de una conciencia operando sin soporte biológico.

¿Ha demostrado la ciencia la imposibilidad de un alma inmaterial?
Tampoco. Una entidad postulada de suerte que no genere impacto físico mensurable escapa por definición al veredicto experimental.

Se trata, por tanto, de una conclusión menos estridente que la «prueba del alma» o su «defunción inapelable», pero incomparablemente más rigurosa:

no disponemos hoy de prueba científica alguna de la existencia de un alma personal, inmaterial e independiente del cerebro. En contrapartida, poseemos ingentes evidencias de que las facultades atribuidas históricamente al alma dependen del organismo y, singularmente, del encéfalo.

Lo que permanece abierto no es una víscera arcana que a los anatomistas se les pasara por alto.

Es un asombro de mayor calado:

Habitamos un cosmos físico capaz, al menos en ciertas configuraciones de la materia, de engendrar seres que no solo existen, sino que saben que existen y se preguntan qué quedará de ellos cuando esa materia cese de palpitar.

Durante milenios, bautizamos una porción de ese enigma como el alma.

Desde entonces hemos descubierto las neuronas, las hormonas, la memoria y las redes de la vigilia que aquel vocablo sintetizaba.

Mas la perplejidad originaria no se ha disipado:

¿qué hace que este cuerpo no sea únicamente un cuerpo, sino que sea vivido desde dentro como «yo»?

Por ahora, ninguna balanza sabe pesar esta pregunta.

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